Gabriel Galeano acaba de bajar definitivamente las persianas de El Chiche, la mítica juguetería que durante 88 años fue el corazón del pasaje Dalmasso en la ciudad de Río Cuarto.
Una decisión durísima que no solo marca el final de un histórico negocio local, sino el cierre abrupto del túnel del tiempo donde tres generaciones enteras compraron su primera ilusión.
De aquellas colas interminables que daban vuelta la manzana en la víspera de Reyes o el Día del Niño, hoy solo queda una vidriera vacía y el eco de una época que fue devorada por completo por las nuevas tecnologías.
Pero detrás de este candado definitivo no hay solo un cambio de hábitos de consumo convencional, hay un giro psicológico brutal en cómo criamos a los más chicos y un trasfondo social que nadie quiere admitir en voz alta.
El peso de la nostalgia en la vereda
Para entender la magnitud de esta pérdida, hay que viajar setenta años al pasado, cuando el propio Gabriel no era el dueño, sino apenas un nene de siete años con la nariz pegada al vidrio.
Todos los domingos a la tarde, su rutina era salir desde Banda Norte, caminar hasta la Plaza San Martín y terminar el paseo contemplando esa vidriera que parecía inalcanzable. Esa fascinación infantil fue el motor que lo llevó a comprarle el fondo de comercio a Doña María.
Durante treinta años, Gabriel no vendió simples objetos de consumo, sino que administró lo que él mismo define como un material altamente sensible: la sonrisa asegurada de una familia.
El paraíso que no pudimos sostener
Hablar de El Chiche en sus épocas de gloria es recordar un nivel de efervescencia comercial inmenso. En fechas clave, el local abría a las ocho y media de la mañana y no paraba un segundo hasta pasadas las once de la noche, con un ejército de hasta veinte personas trabajando a destajo.
El pasaje se transformaba en un hormiguero humano donde la gente esperaba pacientemente su turno. Desde los irrompibles camiones de goma de Duravit hasta el fenómeno masivo de las Barbies, todo convivía en esos estantes mágicos.
La trampa invisible de las pantallas
Pero el mundo cambió a una velocidad despiadada. Hoy las estadísticas muestran una realidad alarmante: hay menos nacimientos en la ciudad y las infancias se acortaron de manera drástica e irreversible.
Esa capacidad de asombro que antes duraba hasta los diez o doce años, hoy se apaga muchísimo antes, reemplazada por el brillo hipnótico de las pantallas. El propio Galeano reconoce que los adultos prefieren resolver el entretenimiento comprando un teléfono móvil a edades cada vez más tempranas.
Por suerte, la marca resiste en su otro local de la calle General Paz, pero el pasaje Dalmasso ya nunca volverá a ser ese rincón de fantasía. Nos queda preguntarnos qué tipo de recuerdos estamos construyendo para los chicos de hoy, que cuando crezcan no tendrán un espacio físico al cual volver para sentir nostalgia.
