El Congreso de la Nación acaba de aprobar la polémica baja de la edad de imputabilidad a 14 años, permitiendo que adolescentes sean juzgados bajo un nuevo régimen penal severo.
La medida fue impulsada a toda velocidad por el oficialismo con la promesa de darle respuestas urgentes a las víctimas de la inseguridad y poner rigor de una vez por todas. Sin embargo, tres reconocidas especialistas en psicología y neurociencia acaban de romper el silencio para advertir que esta decisión tan aplaudida esconde una trampa letal.
Detrás del festejo y los discursos políticos, existe un detalle biológico y social que nadie te contó, y que podría convertir esta supuesta solución en la mayor fábrica de reincidentes de nuestra historia.
El cerebro a medio armar y el peligro del encierro
Para entender el abismo al que nos asomamos, hay que dejar la demagogia de lado y escuchar a la ciencia. La doctora Karin Arbach fue implacable al explicar que exigirle a un adolescente de 14 años que procese la magnitud de un proceso judicial, es ignorar por completo la biología.
Tienen un cerebro que, literalmente, está en plena construcción, sobre todo en las áreas que regulan las decisiones complejas y miden el peligro a largo plazo. Pero el verdadero riesgo aparece cuando la única respuesta del Estado ante un error grave es el encierro temprano y el aislamiento total.
La evidencia mundial demuestra que aislar a los adolescentes interrumpe la “desistencia natural”, un proceso donde muchos jóvenes abandonan las conductas conflictivas al llegar a los 20 años. Si en lugar de acompañarlos, los metemos en un sistema de encierro extremo, ese desarrollo se corta de raíz y salen perfeccionados para reincidir.
Fórmula 1 con frenos de bicicleta
Acá es donde la información se pone más densa y explica por qué estamos por cometer un error histórico a nivel normativo. La neuroeducadora Mariana Savid Saravia nos regala una imagen brutal para graficarlo.
Durante la adolescencia, el sistema límbico que maneja las emociones está a mil por hora. Mientras tanto, la corteza prefrontal que controla los impulsos y mide las consecuencias, es la última en madurar. Es como manejar un auto de Fórmula 1, pero intentando frenar con los frenos gastados de una bicicleta playera.
Esa impulsividad biológica choca de frente contra un sistema punitivo que no enseña a reflexionar, sino que los sumerge en un ambiente de hostilidad permanente donde solo aprenden una cosa: a sobrevivir.
Infancias de terror y vulnerabilidad extrema
Y a todo esto se suma una realidad incómoda que a gran parte de la sociedad le molesta mirar de frente. La psicóloga Carolina Verón nos recuerda que muchos de estos chicos que hoy protagonizan las noticias policiales, fueron despojados de su niñez desde el minuto cero.
A los seis o siete años ya estaban inmersos en entornos de extrema vulnerabilidad, expuestos a la supervivencia y acompañando a adultos en dinámicas marginales. Encerrarlos a los 14 años no soluciona el problema de fondo, simplemente es ponerle una curita al último eslabón de una larguísima cadena de abandonos por parte del Estado.
El cinismo de los que toman decisiones
Y mientras nos peleamos por ver qué hacemos con los jóvenes de 14 años que caen en lo peor del sistema, el ciudadano común sigue sufriendo el desmanejo de la gestión diaria. Resulta que en el medio de esta crisis brutal, donde a los trabajadores el sueldo se les escurre, el transporte urbano nos vuelve a fallar.
La municipalidad le acaba de rescindir el contrato a la empresa Grupo Fam y ahora intentan apurar el desembarco de Solbus en Córdoba. ¿El resultado? Más incertidumbre, más mañanas de frío en las paradas y más laburantes llegando tarde porque el sistema está completamente colapsado.
Es indignante ver cómo se le exige madurez absoluta y tolerancia cero a un chico que creció en el barro, pero se le perdona la inoperancia y los arreglos oscuros a los que gestionan la plata de nuestros impuestos y disfrutan de privilegios inaceptables. Si vamos a pedir rigor, que la vara sea pareja para todos.



