Una pérdida que conmueve al deporte de Río Cuarto y la región
El fútbol de Río Cuarto atraviesa sus horas más sombrías tras confirmarse el lamentable fallecimiento de Ricardo Tomás Aimar, el legendario “Payo”, a sus 77 años de edad. Exjugador emblemático, ídolo indiscutido de la Asociación Atlética Banda Norte y padre de Pablo, Laura y Andrés, dejó una huella imborrable tanto dentro como fuera de la cancha.
Tras luchar valientemente durante mucho tiempo contra complicaciones en su salud, el querido exjugador y formador dio su último suspiro mientras se encontraba internado en el Instituto Médico Río Cuarto. Sus restos están siendo velados desde las 8 y hasta las 17 horas en el Cementerio Parque Perpetual, en un marco de profundo respeto y congoja.
El inicio de una trayectoria brillante
La historia del Payo en Río Cuarto comenzó en el año 1963, cuando arribó junto a su familia desde Josefina, una localidad cercana a San Francisco. Fue en Banda Norte donde dio sus primeros pasos, deslumbrando a propios y extraños con su inteligencia táctica, su elegancia con la pelota y su notable olfato goleador.
Su talento era de una magnitud tal que, en 1967, marcó un hito histórico para la ciudad: se convirtió en el primer jugador de Banda Norte en ser transferido a un equipo de la AFA. Newell’s Old Boys de Rosario fue el club que apostó por él, donde militó durante dos intensas temporadas antes de continuar su carrera en Belgrano de Córdoba y, más tarde, regresar a su amado Río Cuarto.
Un legado que trasciende generaciones
Más allá de sus impresionantes logros como jugador—que incluyen campeonatos regionales con Banda Norte (1975, 1983, 1984) y con Estudiantes (1973)—el verdadero triunfo de Ricardo Aimar fue su calidad humana. Destacado siempre por su humildad, evitó que la exposición mediática de su hijo Pablo alterara los valores familiares fundamentales.
Tras retirarse como jugador profesional en 1984, el Payo no se alejó del césped. Se dedicó de lleno a la formación de nuevas generaciones y a la dirección técnica, dejando también su marca en las divisiones inferiores y en la primera división de Estudiantes, coronándose campeón del Interligas en 1990. Su legado es una mezcla perfecta de talento deportivo y una profunda integridad personal que Río Cuarto jamás olvidará.
